martes, 26 de mayo de 2015

Pinamar, un viaje a la prehistoria

Resulta que tuve una experiencia mística. O algo parecido. Cuando todavía las drogas legales no hacían efecto y me encontraba nadando en el doble fondo del pozo más profundo, recurrí a una suerte de médium que se comunica con los registros akáshicos. Me encantaría poder contarles qué son pero no termino de entenderlo. Pongamos que entiendo un poco y parecieran ser las huellas (pasado, presente y futuro) de tu alma que quedan registradas en el éter. Como si el éter nos dijera mucho, ¿no? Qué importancia tiene. Como la consulta era gratuita y desde hace muchos años soy partidaria de probar lo que sea en pos de estar mejor: lo hice. Me junté con Yleana vía skype -vive en Colombia- y me entregué a la experiencia en cuerpo y alma. En realidad, no hice mucho más que enunciar un par de preguntas, que tuvieron respuestas concretas/vagas como suelen ser en estos casos,  y después llorar y llorar, con mocos que se me escurrían por la nariz sin siquiera tener la fuerza para limpiármelos. A Yleana sé que le di mucha pena: lloraba conmigo y ponía cara de pobre piba.

Pero lo que viene al caso es el tópico Pinamar. Es muy largo contar por qué llegué a que me recomendaran ir allá (y con la adultez un poco también me vino el pudor) pero la cuestión es que tenía programado un viaje a Bs As (después de no ir por un año y dos meses) y decidí concederle uno de esos seis días a la aventura pinamarense.

Me desperté temprano, me disfracé de adolescente que se escapa de su casa (jeans, panchas bordó botitas, remera de manga larga y suerte grueso con capucha más una mochila Jansport) y después de desayunar rápido, mi padre me llevó en su coche de señor grande y me dejó en la puerta de Retiro. Saqué el boleto para las 7.45am, esperé un rato dormida y mirando como si fuera un ET a la mucha gente que sin ser vacaciones ni feriado viajaba hacia diferentes lugares. A la hora exacta me senté en mi asiento y durante casi cinco horas me dediqué básicamente a ser. Bueno, también miré la llanura pampeana con sus sauces llorones (creo que eran sauces llorones), su planicie interminable, sus vacas y caballos y los típicos cables de la ruta que pasan y pasan causando ese efecto óptico rarísimo. También escuché música, todo lo que el shuffle quiso darme sin siquiera hacer el esfuerzo por pasar de canción. Un poco lloré por mis circunstancias actuales (la distancia, el desamor, la vida misma) y otro poco fui feliz por estar sola, cómoda en un asiento semicama, pudiendo pensar y pensarme desde otra perspectiva.

Cuatro horas y media después, aprox,  quise vislumbrar los edificios que de chica eran el signo inequívoco de que ya estábamos muy cerca pero en mi asiento del segundo piso de ese micro tan ruta 2 no llegué a ver más que una cortina. Ahora la terminal antes de lo que para mí es Pinamar, y en un lugar que nada tiene que ver con la vieja terminal a la que tantas veces fui hasta los 19 años.

Lo primero que hice cuando me bajé fue comprar mi pasaje de vuelta para las 3.40pm. El chico que me lo vendió me pidió el número de dni y me reí con ganas cuando preguntó coqueto ¿36 millones? Porque en Bs As la gente coquetea así, con esa cosa medio inocente, medio deportiva que cuando te vas añorás sin saber. (No sé hace cuánto tiempo no escucho un ¿qué haces, morocha?).

Ya con mi boleto bien guardado en un bolsillo de la mochila, empecé a caminar por la Bunge.

Lo primero que vi fue el Hotel del Bosque, semi tapado por pinos y eucaliptos, igual a sí mismo. Un invierno en el que fuimos de rotation por la Costa Atlántica (Necochea -donde mis abuelos paternos tenían casa-, Mar del Plata y finalmente Pinamar, mi hermana Ale con el brazo enyesado desde el hombro) paramos ahí (vaya uno a saber por qué) y a mí me parecía el colmo del lujo. Fue en ese viaje que mi hermano, con dos años, se dedicó a hacer berrinches en absolutamente todos los restoranes y hoteles en los que estuvimos. Y fue en el Hotel del Bosque donde mi madre, cansada de llantos eternos y tiradas en el piso, le dio una buena zamarreada con tan mala suerte que al darse vuelta vio a una paciente que la miraba incrédula. Ser psicoanalista no es nada fácil.

Contrariamente a lo que uno pudiera pensar -o yo- había muchos coches dando vueltas y la temperatura era de unos cuantos grados Celsius más de lo que esperaba así que primero guardé el sueter peludo junto a la campera Uniqlo que llevé tan confundidamente, después busqué con desesperación mi broche en todos los recovecos de la Jansport y terminé haciéndome un rodete desprolijo y espantoso con mi propio pelo ya levemente transpirado. Lo rematé con dos florcitas amarillas atrás de la oreja.

Para mí Pinamar empezaba en la Shell. Y con la Shell, las vacaciones. Pero resulta que la Shell no está más y casi no reconozco la calle de la casa de mis abuelos. La farmacia me resultó familiar y recién supe  a ciencia cierta que esa calle era Marco Polo, y que dos cuadras más adentro encontraría la que fue, hasta hace unos diez años, la casa de mis abuelos, cuando vi el Tilcara. A esa altura estaba derretida y sorprendida por lo larga que es la Bunge y lo poco que había cambiado todo. Ni bien doblé empecé a escuchar el tremendo cotorreo de, valga la redundancia, las cotorras invisibles. Había olvidado lo escandalosas que podían ser. Y cuando por fin llegué a Los Petirrojos tuve que asomarme dos veces para entender que esa era la casa en la que pasé los mejores momentos de mi vida. No solo le agregaron un ala que rompió toda la armonía sino que, además, sacaron lo que nosotros llamábamos "la montaña" (en donde dos pinos enormes estaban unidos por una enredadera gigante) para hacer una pileta y un quincho.

Demás está decir que me puse a llorar con bastante desconsuelo. El jardín me pareció cien veces más chico y tuve que reprimirme para no entrar a ver cuán grande estaba el níspero que plantamos con mis primos atrás de la parrilla. No entré porque había un coche y porque temí que una alarma me hiciera terminar en la vieja comisaría con vaya a saber uno qué cargos encima. Saqué un par de fotos y seguí caminando por la misma calle, convencida pero no tanto de que de alguna manera por ahí llegaría a la playa.

A esa altura ya no había ningún coche ni ningún humano y recordé a mi madre diciendo "tené cuidado, mirá que desaparecen mujeres todo el tiempo" pero volver sobre mis pasos por la cuesta bastante pesada que ya había atravesado me pareció pésima opción y, además, quería pasar por la Redonda, la casa, efectivamente redonda, que había sido de Chiquito y Mery (prima de mi abuelo). Lo más particular del caso es que Chiquito era un gordo gigante bueno, gracioso que se sentaba a comer comida muy elaborada en las mesas de la carpa mientras todos los demás comíamos unos muy tristes sandwichitos de figacitas con jamón y queso (mi madre anoréxica se dedicó a cagarnos de hambre sistemáticamente durante toda nuestra infancia).

Al final encontré Del Libertador, pasé por la casa china, por el engendro ese que construyó Yabrán en los 90s que ya de nuevo no tiene nada, paré a comprar cigas en un kiosco y retomé el camino hacia la playa por la Bunge. Lo único que verdaderamente no pude creer es que los cines no estuvieran más. Ni los cines ni la Shell. Cualquiera.

Eso sí, el Hotel Playas, el tobogán gigante, el muelle y la arena gruesa y pegajosa siguen ahí como si el tiempo verdaderamente no hubiera pasado. Y el mar marrón, completa e irrevocablemente marrón. Sin una pizca de azulado. Fue una desilusión: no recordaba que fuera tan espantoso.

Pasado el asombro bajé a la playa, me saqué las zapatillas y caminé el kilómetro que separa la avenida de la orilla. Los caracoles del Pacífico no tienen nada que ver con los del Atlántico, que son mucho más lindos: estaba plagado de piedras, conchas chiquitas redondas y berberechos. Junté algunas y metí los pies en el agua pero aguanté veinte segundos porque pensé que iba a perder un dedo, la temperatura del agua debía estar en -25. Volví sobre mis pasos y me lavé los pies en el baño de El Dorado, histórico parador que a pesar de un par de remodelaciones sigue ahí, como si nada.

En lugar de comer un plato de rabas o unos cornalitos pasé por un lugar de lomitos autoservicio y me lo embuché en menos de cinco minutos, sin dignidad pero con pasión, dejando solo el huevo frito porque me pareció un exceso. En el centro, para colmo, compré 100 gramos de chocolate en rama y mientras volvía hacia la terminal me comí el 100%, incluyendo las migas que cayeron en la mochila.

Como era temprano, me tiré en un pasto a la sombra enfrente de la terminal, leí La nostalgia feliz hasta la hora de la salida y volví a ser durante las cinco horas siguientes en el asiento semicama, escuchando la misma música pero ahora sí pasando las canciones que no me daban ganas de oír.

Pinamar está horrible, decadente y estacionada en el siglo XX. Al menos la zona del centro. ¿Me sorprendió? Un poco. El olor a pino y a mar, de todas maneras, sigue siendo el mismo. ¿Encontré lo que fui a buscar? Lo sabré con el tiempo. Por ahora me conformo con esta suerte de paz adquirida. Una iluminación diferente. Un golpe a la desesperanza.


1 comentario:

Luuuuu dijo...

Julieta que lindo es leerte. Placer. Yo me debo un viaje sola.