jueves, 4 de octubre de 2018

Subimos al auto con Camilo y llama Diego desde Buenos Aires. Comenta que el desayuno es el festival de las harinas, un clásico que se repite, y nos cuenta que ayer mientras grababan por el centro se clavó el gancho de una carpeta que perforó la suela de la zapatilla y no sabe si tendría que darse la antitetánica. Escucho espantada, como si me hubiera vuelto gringa de repente. Camilo se baja en la escuela y nosotros seguimos hablando sin escapar al habitual malentendido. En un momento cualquiera se provoca el cortocircuito. Más de diecisiete años juntos y no podemos reponer ese resto que hace a la completud comunicativa. ¿Serán así todas las parejas?

Vuelvo y me tiro en la cama un ratito más. Le chateo a madre como todos los días. Padre no amaneció bien y nada bueno nos espera. Para que las sábanas no me coopten abro una de las persianas antes de mirar porno: BDSM liviano. Sentador.

Sobre la escaladora escucho música gronchísima y cuando cambio de máquina pongo La Beriso. Mis gustos musicales están en franca decadencia. Pero no me importa. Diego me vuelve a llamar solo para saludarme. Mientras vuelvo en bici pienso en qué bien funciona el matrimonio a la distancia. Y en cómo fui fan de la pareja estable durante miles de años. Ahora no sé qué pienso. Cada vez sé menos qué quiero y qué pienso sobre la pareja, los hijos, el trabajo, la literatura y casi todos los otros etcéteras. Soy la Benjamin Button de las certezas.

Con un vientito otoñal pegándome suave en la cara pienso que va a ser duro volver a trabajar. Le estoy tomando el gusto al dolce far niente, un gesto contracultural tardío en la tierra del time is money. Ya veremos.

Entre tanto:
Así las cosas. 

domingo, 9 de septiembre de 2018

¿Cuál es el punto de quiebre de una persona? ¿De una pareja? ¿Cuántos lados b soportás? ¿Qué te rompe? Pasé tantas veces por ahí que ya no tengo respuesta. Habitar un puro presente, vaciarte hasta ser sólo cáscara, un rulo completo que se oxida con rapidez.

Hoy empieza el año 5779 para los judíos. Suelo acordarme porque coincide con la edad de padre. Hasta hace un tiempo, aunque no festejara, me parecía una oportunidad para empezar de nuevo. El año pasado los chicos querían festejar pero no teníamos con quién. Les hice manzana con miel después de cenar, deseando que fuera un año dulce. No creo que se haya cumplido. O tal vez sí. Tal vez a la luz de los años precedentes, fue un año más dulce, más suave en la superficie, en lo colectivo del núcleo duro. La tormenta me la guardé para mí.

¿Cómo uno a los 40 años puede sentirse tan muerto por dentro? El switch está a mitad de camino. Ando por la vida con la batería baja, con resignación. ¿Es eso una vida?

En una época creía en las segundas vueltas. Esperaba a la fortuna que, como un vendaval, viniera a ponerme la vida de cabeza. Para bien. Qué ternu. En la resignación hay cierta paz. No esperar, no caer. Ya aprendí que no soy de ese equipo.

Así las cosas.

viernes, 31 de agosto de 2018

El ruido me destroza. Cómo sobreviví los ocho años del primer piso en Gallo y Charcas a la calle es un misterio. Vinieron a poner shutters para los huracanes y el taladro no para. El señor que los coloca prefirió decirle "la emergencia", un eufemismo digno de La Nación con "larga enfermedad" para nombrar al cáncer. Bueno, si viene una "emergencia" ya estamos mejor protegidos. El años pasado, cuando vino Irma, dejamos la casa a pelo y si se la llevaba puesta se la llevaba puesta, igual nuestras cosas todavía no habían llegado. Este año espero que no venga ninguno. El huracán lo llevo adentro.

Hice una hora de escaladora y un poco de pesas y quedé KO.
Un día más sin ver adultos y van...

Así las cosas.

jueves, 30 de agosto de 2018

Todas las crisis, la crisis

Puse Sui Generis mientras lavaba trastes, rompiendo mi preferencia por el silencio excepto en el auto y mientras hago aeróbico. Una vez más Argentina parece resquebrajarse a fuerza de una devaluación brutal a la que nadie le encuentra explicación. O sí. Falta de confianza política. En mi imaginación, hace muchos que veo a la silueta de Argentina como el producto de un meteorito. Es esa imagen la que me dice una y otra vez que por más que por la situación familiar de origen debiera estar ahí, no hay forma de ponerlo en práctica. ¿Acá nos va bien? No, cero. Pero ahí no tendríamos ninguna perspectiva. Triste. Tristísimo.

Ayer hice empanadas. Toda la tarde dedicada a un producto que ni siquiera me gusta. La argentindiad al palo. Busqué a Milo 1.50pm y de ahí fuimos al colegio de Simón porque había estado afiebrado y llovía. Cuando salió ya no llovía, se sentía bien y estaba por irse con unos amigos  al shopping de al lado del colegio. Le arruiné el plan a pesar de insistirle para que se quedara. Vino y musicalizó mientras yo hacía el relleno. Tuve que pedirle que no pusiera música horrible como lo hace habitualmente. Charly, Melero, Cafeta. Bien. Después quiso ponerle sus toques en mi preparación, intervenirla, convencido de que le iba a salir mucho mejor que a mí. Insoportable. A los 16 se cree mil y tengo ganas de regalarlo.

Roberta me llamó 4.15 para decirme que se iba a lo de su nueva amiga Ana, mexa, que vive cerca. Tuve que insistirle para que me pasara el teléfono de Ana porque ella muchas veces no atiende y yo me vuelvo loca. Le dije que la buscaba pero prefirió volver caminando. 15 cuadras caminando en ella: dudosísimo. Simón mientras fue a comprar más tapas porque teníamos solo una docena. Hice el repulgue como si fuera pro y no una discapacitada manual. Quedaron perfectas y hoy se llevaron los tres empanadas para el lunch. Mi gran pequeño triunfo doméstico.

A las 6.20am, Simón le pidió al padre que lo lleve al colegio porque el bus iba a tardar 40 minutos. Volvió a la cama y nos despertamos sobresaltados a las 7.33, hora en la que ya deberíamos estar saliendo para llevar a Camilo. Le dije a Milo que podía no lavarse los dientes, metí el tupper con las empanadas y dos mini mandarinas en su lunchera y salimos corriendo. Cuando llegamos, todavía no se podía entrar. Volví y me metí en la cama. Hace meses que no pasaba una mañana con marido. Gran plan. Después desayunamos juntos, hablando de todo lo que nos sale mal. Antes me quejaba, con una letanía monocorde y sin pausa. Ahora que me entregué ni siquiera me angustio. Mi droga legal es la resignación.

En la hiper del 89 recuerdo estar sentada en la cama de los papás de mi amiga Marcela -tenían un acolchado a rayas de colores muy pop-, viendo cómo subía el dólar minuto a minuto, cómo remarcaban los precios en los supermercados y cómo la gente salía a saquear. Tenía casi 11 años. En el 2001, cuando declararon el corralito, estaba internada en el Hospital Italiano con una amenaza de parto. Creo que fue la segunda internación por la orientación de la cama. En junio le había dicho a Diego, que tenía un trabajo estable después de dos años muy duros (previos a conocernos), que lo que ahorráramos los sacara del banco. El corralito nos agarró con 19mil dólares en el cajón de la ropa interior. Las crisis se tatuan en el inconsciente. Cuando entramos en default Simón ya había nacido. Yo lloraba, puérpera, sobre el cuerpo chiquito de mi bebé, desconsolada por el mundo al que lo había tirado. Y así siguieron los presidentes y la devaluación y los días aciagos. El país se reconstruyó muy lentamente y se vino a pique bastante rápido. Como suele suceder.

El dólar estaba a 36 antes de que me pusiera a escribir y ahora está a 39. Triste, tristísimo.

Así las cosas.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Tendría que estar lavando las ollas de ayer. Hicimos un cerdo con salsa india comprada en nuestro supermercado de marca blanca alemán pero más latino imposible, Aldi. A los chicos les gustó, a mí me dio mucha acidez y mi marido lo convirtió en algo mucho más rico con maní y cilantro cuando llegó de Spinning.

En realidad, debería ya estar en el gimnasio, produciendo las endorfinas que me permiten encarar el día con cierta entereza. Pero viene Adelix, la chica que limpia. Empezó la semana pasada porque Gaby encontró un trabajo estable. Quedamos que llegaba a las 8am pero siendo las 9.45 todavía no apareció. Una laxitud horaria apabullante. Pensé que los padres le habían puesto ese nombre en honor a Ásterix pero, al parecer, en Venezuela es muy común juntar nombre de padre y madre y generar uno nuevo. Como los argentinos hacemos con las casas de la Costa Atlántica. Adelix vendría a ser hija de una Adela y un Félix, me dijeron en Tuiter. Alguno de mis hijos se podría haber llamado Juliego o Diejul.

Soy desempleada. Una desempleada hecha y derecha. Busqué trabajo de todas las formas posibles: contacté a todos los que podían tener una punta, apliqué en todos los sitios de búsquedas, moví cielo y tierra y nada. Me deprimí, lloré con ruido mientras estaban mis papás de visita, me quedé echada en la cama, lamentándome de mi mala suerte, chorreé lágrimas adelante de mis hijos menores en sus vacaciones eternas (hijo mayor se fue 41 días a Suiza, a la casa de mi hermana mayor). Hasta que me entregué. Es así, el mundo no me necesita aunque yo necesite facturar. Llamalo maldición, mercado, falta de capacidad, como quieras, pero acá estoy, siendo ama de casa por primera vez en mi vida y sin perspectivas de cambio.

Por eso voy a lavar las ollas (Adelix acaba de llegar, casi dos horas tarde), voy a ir al gimnasio, voy a volver a bañarme -tal vez me ponga el mismo vestido que los últimos dos días porque no veo a nadie que no sean mis hijos así que me da igual, hace calor y como estoy gorda, la ropa me molesta mucho-, voy a terminar Magnetizado de Busqued, voy a leer a Borges, voy a lamentarme un rato por mi suerte y voy a ir a buscar a hijo menor al colegio porque los miércoles sale a la 1.50 en lugar de a las 3.05 y vamos a hacer el relleno de unas empanadas intentando que la tarde pase un poco más ligera, como la primavera.

Así las cosas. 




martes, 28 de agosto de 2018

Esquirlas

¿Qué hago acá? Lo que debería haber hecho hace un año. Empecé este blog cuando me mudé a México y habiéndome mudado de nuevo, el blog tendría que ser EL espacio de fuga para mis penas. Pero como la edad trae cierto pudor, empecé un diario, que dejé bastante rápido. Y empecé una novela, que no seguí, y escribí un cuentito, que ahí está y un librito de poemas, que hay que pulir. Y siempre está tuiter, inmediato, adictivo y no muy amable.

Lo de qué hago acá podría traspolarse a Miami, lo sé. Es la pregunta del millón, la que me hicieron durante un año con curiosidad mientras la enunciaban y desconcierto cuando escuchaban la respuesta. La explicación es casi un sinsentido: necesitábamos un cambio, mi marido pudo sacar la visa de talento extraordinario y nos vinimos. OK.

Miami es Ricky Fort, es Versace, es reggetón, es playa, es el deme dos de los argentinos entre crisis, es un disco de Babasónicos y es todo lo que yo no soy.  Pero también es donde vine con mis padres tres veces de adolescentea, es a donde visité a mi marido ni bien lo conocí, donde pasé dos meses en el 2003 siendo muy infeliz y la única opción que nos pareció posible hace más de un año y medio, cuando decidimos que el ciclo México estaba terminado.

¿Es conveniente explotar una vida a tres meses de cumplir 40? ¿Dejar tu casa, tu trabajo, los amigos familia, la comodidad de lo que una vez fue extraño y se volvió conocido? Hoy no lo voy a contestar. Un año es poco tiempo. O no. Pero retroceder nunca, rendirse jamás. Y el arrepentimiento es un sentimiento tan o más inconducente que la angustia.

Un resumen de mi martes: me levanté, hice quesadillas para los lunchs de mis hijos menores, agregué fruta y cacahuates, volví a la cama, me escribió mi amiga Flor ¿nos vemos en Coconout tipo 8? Ok. Me levanté, hice la cama, me vestí, tomé dos cafés con ella en Le pain Quotidien, le dije que me sentía poquita cosa, quedamos en buscar dos películas argentinas que queremos ver, volví, lavé tres sartenes de la comida de ayer, y muchos utensilios, ordené un poco el cuarto de hija, pasé un trapo, agarré la bici, fui al Community Center (está a tres cuadras), hice una hora de elíptica escuchando música bajón, volví bajo una llovizna, me puse a hacer cosas en la compu y ahora, siendo las 12.45pm, voy a comer algo, bañarme, leer y después buscar a hijo menor en la escuela. Sin la parte del café con amiga, más o menos esa es mi vida cada uno de los días de semana. Un opio.

Mañana sigo.
Así las cosas.

domingo, 11 de septiembre de 2016

otra vez domingo, otra vez lluvia

Diluvia. Después de unos días de tregua escucho el agua golpear contra todo: pasto, techo, pavimento, empedrado, árboles, coches y plantas. A oscuras, echada en la cama, con el resto de la familia conviviendo por ahí, puedo pensar poco. Hojeo diarios, intento digerir una comida opulenta que Domitila cocinó con amor, intento no pensar en el hueco del pecho, que horada una vez más mi integridad espiritual. Es raro como el optimismo no se rinde. Una piensa que no, que no va a sentir más el agujero permanente y activo llamado angustia, que el blindaje de los psicofármacos es infalible, que trabajar mil horas y no pensar ayuda. Cuánta ingenuidad. Escribiría más pero ¿para qué? Hay poca gente del otro lado, no calma el desasosiego y queda poco nuevo por decir. Mis problemas se repiten en loop así ya casi 15 años. Mi nickname debería ser cobardía. ¿O es simple ética? Ya ni sé.


Soy infeliz. Pero todo pasa. Siempre. Hasta que te morís.

domingo, 4 de septiembre de 2016

De abajo vienen notas de bebop profrundo, de ese que ya no soporto escuchar. Simón se pone su playlist de jazz para hacer la tarea (aunque creo que se está preparando el lunch para mañana con las sobras de la comida). Por mi parte intento digerir las carnitas de cerdo (muchos cortes, muy grasosos, hechos durante bastante tiempo), echada en la cama, leyendo columnas de opinión, mirando ropa por internet, charlando con mi hijo menor -que come cereales al lado mío- todo junto, todo mezclado, todo a la vez. Mi marido y mi hija se fueron a comprar un aceite para barnizar el deck que él hizo con sus manos (con ayuda, en algunas instancias del jardinero y sus secuaces) y cuando vuelva veremos un par de capítulos de Chef´s Table Francia. Ayer fue un día raro, de reacomodo. Después de cinco semanas (o más) de no estar en zona, la presencia de mi marido llegó a ser disruptiva. Por suerte mi amiga Mercedes se llevó a mis hijos a dormir a su casa y nuestro reencuentro romántico fue buscando llantas y vituallas en Costco y una pasada rápida por Bed, Bath & Beyond. La noche voló, como todos los días, como este fin de semana, como la vida, que pasa cada segundo un poco más rápido. Hoy estuve sola unas horas felices, comprando algo de ropa, sin tensión, sin apuro, sin pensar en nada. El puro presente. Después tortitas de plátano con requesón mientras hijo mayor hacía guacamole e hija cortaba verduras. Algo del orden de la paz. Algo del orden del amor. Algo del orden de la armonía. Mañana es lunes otra vez, la vorágine de la vida cotidiana, el olvidar el sinsentido, la ciudad, el caos, la muerte siempre como sentido.

Sueño con una huerta (de la que jamás quisiera ocuparme) que nos dé nuestros alimentos. Hoy vino gente a casa. El ruido de la gente, lo familiar, lo sabroso de un buen plato.

Hay nada atrás de todo esto y hay mucho más, en esta música de fondo, en esta compañía, en esta cotideaneidad de lo que  se puede expresar con palabras.

sábado, 20 de agosto de 2016

Abrazar tu realidad

Hace un par de noches volví a escuchar a Chet Baker. Ayer, ya entre sueños, me pregunté si de no saber que no es negro lo descubriría por su fraseo. Qué se yo, no soy tan experta. Pero tal vez sí. Falta un resto de crudeza. Y eso que fue crudo y sufrido como cualquier otro jazzero negro. No es que tenga importancia.

Mi hijo mayor mira una peli con 3 chicas, tirado en el sillón de la sala de tele. Si me preguntás para mí nunca le dio un beso a nadie: 14 y medio. Pero quién sabe. Y a quién le importa. La intimidad de los hijos es eso: la intimidad de los hijos. Yo, a los casi 40 años, sigo teniendo mi mundo secreto. Mi hijo menor juega con un amigo. Mi hija ordena los múltiples caos que fue dejando en diferentes lugares de la casa a lo largo de la semana.

El lunes pasado estaba en Bs As después de un fin de semana raro y un domingo para olvidar. Hay gente muy egoísta allá afuera y yo me la cruzo toda. Podría decir que tengo un imán pero sería mentira. Lo que tengo es roto el instinto de autopreservación. Falla de fábrica. Entre otras. Lo que pasó esa tarde noche de invierno en Bs As es que conocí a una psiquiatra que además de arreglarme temas de medicación me puso en caja. Creo que fue la primer persona en 20 años que me leyó bien. Y no se comió ninguna. Está mal que lo diga pero suelo comerme crudo a mis analistas, por más inteligentes que sean. Su legitimación fue de lo más importante que me pasó en años. Con otras palabras me dijo algo tipo "Julieta, abrazá tu locura, no vas a ser otra". Porque yo pienso que quiero ser otra, pensar distinto, llevar otra vida. Hay puntos del orden de lo concreto con los que de verdad quisiera no tener que luchar más. Hay otros, más del orden de lo simbólico, a los que me tengo que entregar.

El día está gris. Un poco fresco. La soledad me sienta. Los psicofármacos ayudan. A mi alrededor hay paz. La semana es un vendaval. Pasa todo demasiado rápido, poco profundamente, al ras. Trabajo, me quejo, digo la concha del mono cada veinte minutos, resuelvo muchos problemas, ayudo a los que tengo alrededor, materno poco y mal, soy un hueco en la vida de mis hijos que Silvia viene a reponer. Se los ve bien igual. Posiblemente mejor. Hay poco espacio en mi locura para sus subjetividades. Excepto cuando pasa algo grave, ocupan un espacio mínimo de mi cabeza. Pienso básicamente en trabajo. Y en distractores. A sus analistas, de adultos, les contarán esto. Quisiera dar una mejor versión de mí misma: mentiría.

Suelo aburrirme. Y eso es en un plano meramente conceptual. Jamás me aburro en la realidad. Es tan poco el tiempo y tanto lo que hay para hacer...

Solo hay que dejar el fuego. Jugar con objetos sin filo. Rescatarse. Lo que se pueda. Son ráfagas. Después durante meses no pasa nada, la vida se escurre, resbala por un tobogán de rutina sin sobresaltos, de corazón helado, de cabeza en piloto automático.

Sigo igual de extrema en cuanto a la mentira: pienso que no existe, que todos somos honestos, abiertos, francos, que nos mostramos como somos. Proyecto un yo inadaptado. El mundo no es así. Funciona en capas, se sostiene a base de hipocresía, oscuridades, ocultamientos.

A mí solo me queda sobrevivir. Aceptarme. Respirar. E intentar que el aburrimiento no sea tan grande como para acordarme de la falta de sentido. A veces es fácil. Otras no.

sábado, 26 de septiembre de 2015

El espacio, un recoveco, donde ser un poco menos infeliz, miserable, sola. Redimirse, reinventarse. La hostilidad que derrumba, el deseo de no ser, de no estar más, de que dejen de mirarte y lastimarte. Las épocas oscuras son muchas y prolongadas, no se repliegan. "Pido". Pido. Grito el nombre de lo imposible. La lluvia, la banda de sonido que no esperaba.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Vida monacal. Lectura. Maternidad. Trabajo. Hay poco para decir. La vida, se escurre. La energía es moderada y no alcanza para todo. El deporte me queda lejos. Detesto el sendentarismo, estoy ideológicamente en contra y, sin embargo, poco puedo hacer para combatirlo. Todo pasa. Y esto también pasará. Espero.

Hay un cierto equilibrio psíquico, nada espectacular pero una capacidad de sobrevivir sin mayores sobresaltos, que agradezco. La contracara es la mediación de los psicofármacos, una capa como de microfilm que te mantiene semiaislado, que conduce los sentimientos a su mínima expresión, que te saca ese resto que tal vez te haga humana. O no. Qué importancia tiene.

Los japoneses, leo en un Estupor y temblores, de Amelie Nothomb, consideran al suicidio un honor. Pienso que hacen bien. Son sabios. De otra especie. Nosotros, los occidentales, tan estigmatizado que lo tenemos. Lo pienso aunque no esté suicida. Los hijos son un ancla a la existencia. Aunque pierda la gracia, aunque no encuentres el camino, aunque quieras desaparecer completamente, te obligan a seguir remando. Supongo que, sin saberlo, por eso me reproduje. La salvación. Qué bajeza.

Por lo demás: seguir braceando aunque no haya orilla. Quiero ir a comer a un lugar lindo, comprarme cosas. El dinero, en su futilidad, logra sacarme de la sensación de abismo. Su falta, en cambio, genera angustia, vacío, miedo. El dinero como sostén, un desplazamiento de la existencia hacia lo concreto. Otra tabla de salvación. Otra bajeza.

Y de tanto en tanto las ganas de algo. Un mini proyecto, una búsqueda, una posibilidad. Otra mentira.

Shaná tová. Que los 5776 nos den otra oportunidad. Mientras haya vida hay esperanza, dijo alguien alguna vez. Supongo que tenía razón.

Así las cosas.


jueves, 28 de mayo de 2015

Diario de una desempleada

Es el cuarto día que no trabajo. No sé cuándo fue la última vez que fui 100 por ciento desempleada. Años. Muchos. Siempre, más o menos, trabajé. O sea: tenía un pendiente laboral en la cabeza. Ahora, después de 9 meses de no parar un segundo, de estar en la oficina o mirando el teléfono desde que me levantaba hasta que me acostaba (el del trabajo), tengo la cabeza despejada.

La depresión parece, además, ir retrayéndose. Los psicofármacos son mágicos cuando le pegan a la droga y a la dosis.

Escucho conciertos de Bach para violín. Leo cosas. Mando mails. Cuido a mis hijos (Roberta está enferma, posibles paperas).

Hago gimnasia (en un rato tengo yoga).

Soy bastante feliz.

A ver cuánto dura.

Bajé el primer tomo de las obras completas de San Agustín. Tengo empezada la novela de la amiga de una amiga. Tengo abierto el link de la película de un amigo. Un libro en la mesa de luz, uno en la cartera y otro en el coche.

De a poco vuelvo a ser yo.

A pesar de que el mundo no es de los buenos, uno tiene que ser quién es. Siempre. En todas las circunstancias.

La traición a la propia ética rompe los cimientos. Destruye la subjetividad. Corrompe. Y juntar los pedazos no es nada fácil.

En fin.

Así las cosas.

martes, 26 de mayo de 2015

Pinamar, un viaje a la prehistoria

Resulta que tuve una experiencia mística. O algo parecido. Cuando todavía las drogas legales no hacían efecto y me encontraba nadando en el doble fondo del pozo más profundo, recurrí a una suerte de médium que se comunica con los registros akáshicos. Me encantaría poder contarles qué son pero no termino de entenderlo. Pongamos que entiendo un poco y parecieran ser las huellas (pasado, presente y futuro) de tu alma que quedan registradas en el éter. Como si el éter nos dijera mucho, ¿no? Qué importancia tiene. Como la consulta era gratuita y desde hace muchos años soy partidaria de probar lo que sea en pos de estar mejor: lo hice. Me junté con Yleana vía skype -vive en Colombia- y me entregué a la experiencia en cuerpo y alma. En realidad, no hice mucho más que enunciar un par de preguntas, que tuvieron respuestas concretas/vagas como suelen ser en estos casos,  y después llorar y llorar, con mocos que se me escurrían por la nariz sin siquiera tener la fuerza para limpiármelos. A Yleana sé que le di mucha pena: lloraba conmigo y ponía cara de pobre piba.

Pero lo que viene al caso es el tópico Pinamar. Es muy largo contar por qué llegué a que me recomendaran ir allá (y con la adultez un poco también me vino el pudor) pero la cuestión es que tenía programado un viaje a Bs As (después de no ir por un año y dos meses) y decidí concederle uno de esos seis días a la aventura pinamarense.

Me desperté temprano, me disfracé de adolescente que se escapa de su casa (jeans, panchas bordó botitas, remera de manga larga y suerte grueso con capucha más una mochila Jansport) y después de desayunar rápido, mi padre me llevó en su coche de señor grande y me dejó en la puerta de Retiro. Saqué el boleto para las 7.45am, esperé un rato dormida y mirando como si fuera un ET a la mucha gente que sin ser vacaciones ni feriado viajaba hacia diferentes lugares. A la hora exacta me senté en mi asiento y durante casi cinco horas me dediqué básicamente a ser. Bueno, también miré la llanura pampeana con sus sauces llorones (creo que eran sauces llorones), su planicie interminable, sus vacas y caballos y los típicos cables de la ruta que pasan y pasan causando ese efecto óptico rarísimo. También escuché música, todo lo que el shuffle quiso darme sin siquiera hacer el esfuerzo por pasar de canción. Un poco lloré por mis circunstancias actuales (la distancia, el desamor, la vida misma) y otro poco fui feliz por estar sola, cómoda en un asiento semicama, pudiendo pensar y pensarme desde otra perspectiva.

Cuatro horas y media después, aprox,  quise vislumbrar los edificios que de chica eran el signo inequívoco de que ya estábamos muy cerca pero en mi asiento del segundo piso de ese micro tan ruta 2 no llegué a ver más que una cortina. Ahora la terminal antes de lo que para mí es Pinamar, y en un lugar que nada tiene que ver con la vieja terminal a la que tantas veces fui hasta los 19 años.

Lo primero que hice cuando me bajé fue comprar mi pasaje de vuelta para las 3.40pm. El chico que me lo vendió me pidió el número de dni y me reí con ganas cuando preguntó coqueto ¿36 millones? Porque en Bs As la gente coquetea así, con esa cosa medio inocente, medio deportiva que cuando te vas añorás sin saber. (No sé hace cuánto tiempo no escucho un ¿qué haces, morocha?).

Ya con mi boleto bien guardado en un bolsillo de la mochila, empecé a caminar por la Bunge.

Lo primero que vi fue el Hotel del Bosque, semi tapado por pinos y eucaliptos, igual a sí mismo. Un invierno en el que fuimos de rotation por la Costa Atlántica (Necochea -donde mis abuelos paternos tenían casa-, Mar del Plata y finalmente Pinamar, mi hermana Ale con el brazo enyesado desde el hombro) paramos ahí (vaya uno a saber por qué) y a mí me parecía el colmo del lujo. Fue en ese viaje que mi hermano, con dos años, se dedicó a hacer berrinches en absolutamente todos los restoranes y hoteles en los que estuvimos. Y fue en el Hotel del Bosque donde mi madre, cansada de llantos eternos y tiradas en el piso, le dio una buena zamarreada con tan mala suerte que al darse vuelta vio a una paciente que la miraba incrédula. Ser psicoanalista no es nada fácil.

Contrariamente a lo que uno pudiera pensar -o yo- había muchos coches dando vueltas y la temperatura era de unos cuantos grados Celsius más de lo que esperaba así que primero guardé el sueter peludo junto a la campera Uniqlo que llevé tan confundidamente, después busqué con desesperación mi broche en todos los recovecos de la Jansport y terminé haciéndome un rodete desprolijo y espantoso con mi propio pelo ya levemente transpirado. Lo rematé con dos florcitas amarillas atrás de la oreja.

Para mí Pinamar empezaba en la Shell. Y con la Shell, las vacaciones. Pero resulta que la Shell no está más y casi no reconozco la calle de la casa de mis abuelos. La farmacia me resultó familiar y recién supe  a ciencia cierta que esa calle era Marco Polo, y que dos cuadras más adentro encontraría la que fue, hasta hace unos diez años, la casa de mis abuelos, cuando vi el Tilcara. A esa altura estaba derretida y sorprendida por lo larga que es la Bunge y lo poco que había cambiado todo. Ni bien doblé empecé a escuchar el tremendo cotorreo de, valga la redundancia, las cotorras invisibles. Había olvidado lo escandalosas que podían ser. Y cuando por fin llegué a Los Petirrojos tuve que asomarme dos veces para entender que esa era la casa en la que pasé los mejores momentos de mi vida. No solo le agregaron un ala que rompió toda la armonía sino que, además, sacaron lo que nosotros llamábamos "la montaña" (en donde dos pinos enormes estaban unidos por una enredadera gigante) para hacer una pileta y un quincho.

Demás está decir que me puse a llorar con bastante desconsuelo. El jardín me pareció cien veces más chico y tuve que reprimirme para no entrar a ver cuán grande estaba el níspero que plantamos con mis primos atrás de la parrilla. No entré porque había un coche y porque temí que una alarma me hiciera terminar en la vieja comisaría con vaya a saber uno qué cargos encima. Saqué un par de fotos y seguí caminando por la misma calle, convencida pero no tanto de que de alguna manera por ahí llegaría a la playa.

A esa altura ya no había ningún coche ni ningún humano y recordé a mi madre diciendo "tené cuidado, mirá que desaparecen mujeres todo el tiempo" pero volver sobre mis pasos por la cuesta bastante pesada que ya había atravesado me pareció pésima opción y, además, quería pasar por la Redonda, la casa, efectivamente redonda, que había sido de Chiquito y Mery (prima de mi abuelo). Lo más particular del caso es que Chiquito era un gordo gigante bueno, gracioso que se sentaba a comer comida muy elaborada en las mesas de la carpa mientras todos los demás comíamos unos muy tristes sandwichitos de figacitas con jamón y queso (mi madre anoréxica se dedicó a cagarnos de hambre sistemáticamente durante toda nuestra infancia).

Al final encontré Del Libertador, pasé por la casa china, por el engendro ese que construyó Yabrán en los 90s que ya de nuevo no tiene nada, paré a comprar cigas en un kiosco y retomé el camino hacia la playa por la Bunge. Lo único que verdaderamente no pude creer es que los cines no estuvieran más. Ni los cines ni la Shell. Cualquiera.

Eso sí, el Hotel Playas, el tobogán gigante, el muelle y la arena gruesa y pegajosa siguen ahí como si el tiempo verdaderamente no hubiera pasado. Y el mar marrón, completa e irrevocablemente marrón. Sin una pizca de azulado. Fue una desilusión: no recordaba que fuera tan espantoso.

Pasado el asombro bajé a la playa, me saqué las zapatillas y caminé el kilómetro que separa la avenida de la orilla. Los caracoles del Pacífico no tienen nada que ver con los del Atlántico, que son mucho más lindos: estaba plagado de piedras, conchas chiquitas redondas y berberechos. Junté algunas y metí los pies en el agua pero aguanté veinte segundos porque pensé que iba a perder un dedo, la temperatura del agua debía estar en -25. Volví sobre mis pasos y me lavé los pies en el baño de El Dorado, histórico parador que a pesar de un par de remodelaciones sigue ahí, como si nada.

En lugar de comer un plato de rabas o unos cornalitos pasé por un lugar de lomitos autoservicio y me lo embuché en menos de cinco minutos, sin dignidad pero con pasión, dejando solo el huevo frito porque me pareció un exceso. En el centro, para colmo, compré 100 gramos de chocolate en rama y mientras volvía hacia la terminal me comí el 100%, incluyendo las migas que cayeron en la mochila.

Como era temprano, me tiré en un pasto a la sombra enfrente de la terminal, leí La nostalgia feliz hasta la hora de la salida y volví a ser durante las cinco horas siguientes en el asiento semicama, escuchando la misma música pero ahora sí pasando las canciones que no me daban ganas de oír.

Pinamar está horrible, decadente y estacionada en el siglo XX. Al menos la zona del centro. ¿Me sorprendió? Un poco. El olor a pino y a mar, de todas maneras, sigue siendo el mismo. ¿Encontré lo que fui a buscar? Lo sabré con el tiempo. Por ahora me conformo con esta suerte de paz adquirida. Una iluminación diferente. Un golpe a la desesperanza.


lunes, 17 de noviembre de 2014

Ya no sé
quiénes son aquellos que moldean
mi imagen de mí.
Mi identidad está formada
por un coro
de personas
que no entienden nada.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Ayer cumplí 37 años.
Hoy 10 acá en México.
La vida es eso que pasa mientras se te cae el orto.
Aunque luches con uñas y dientes.
La vida es eso que a veces dejás pasar.
Aunque tu nombre en clave sea guerrera.
Llevé los aniversarios con alegría.
Y con gratitud.
Porque escupir para arriba es de débiles. E ingratos.
Acuñé el término "narcisa melancólica" el fin de semana.
Creo que es sabio.
Mi hijo mayor está enorme. Y divino.
Los otros dos siguen clasificando como hijos más fácilmente.
Aunque hasta ahí.
La vida es eso que pasa cada vez más rápido.
Te des o no cuenta.

sábado, 30 de agosto de 2014

El otro blog ahora se llama como corresponde: Así las cosas.

Nada interesante, eh. Pero ahí está.

jueves, 21 de febrero de 2013

Soy en tuiter

@mexicomemata

martes, 12 de febrero de 2013

Un post como los de antes (o el intento de)

Tal vez, muy posiblemente, haya perdido la mano. O el don (?). O el mojo. Quién sabe. Seguramente lo que perdí es el interés y la práctica. Debe ser que de tan ocupada no tengo tiempo en la mente. Aunque eso no tiene sentido.

A ver. Lo voy a intentar.

Resulta que trabajo mucho. Soy editora de contenidos y comunicación en una fundación que tiene una página de alto tránsito.

Trabajo desde acá y a veces voy a la oficina. Sí me gusta pero quisiera ganar más. Bastante más.

También salió a la venta la antología, lo que me, increíblemente, me alegra y enorgullece.

Además, me certifiqué como coach ejecutiva. Sí sí: así como leés. Y me encanta. Ahora hay que ponerlo en práctica.

Mis hijos están muy grandes. Todos. Van a la escuela, les va muy bien, tienen sus actividades, su vida social, su mundo privado. En realidad, Camilo está menos grande que los demás pero va a la misma escuela que los hermanos (a la sede del kinder) y sigue siendo el niño feliz que siempre fue. Un cuasi milagro.

Mi marido ahí anda.

Entonces: trabajo mucho, hago una clase de yoga de dos horas (una vez por semana), a veces nado o hago aeróbico, me siguen sobrando los tres kilos de siempre (a veces hago dieta sin éxito, otras ni lo intento). Estoy bien en mi piel aunque hayan sido días de angustia, que parecieran no irse a terminar en breve. Pero nada grave. La madurez tiene ese no sé qué, muy sentador.

Porque las cosas que antes me importaban ya no me importan.

Y es el año de la serpiente: mi año. Aunque sea duro sé que va a ser bueno.

No sé si me salió. Tampoco importa.

En fin, chicos.

Así las cosas.

martes, 5 de febrero de 2013

no tan distinto ¿o sí?

En realidad solo porque ese título de SUMO es un gran título.

Porque los títulos parece que hacen a las cosas. O, mejor dicho, venden bien las cosas. ¿Es como los nombres? Antes pensaba que sí, ahora que no.

¿Qué importancia real tiene el nombre sobre el destino de las personas?

Yo me llamo Julieta.

Julieta.

Así de banal, sencillo, simple y poco original.

Y, sin embargo, no creo ser particularmente promedio.

O sí.

¿Quién sabe?

Ayer, mientras nadaba de un lado para el otro, concluí, una vez más, que la mayor transformación de la madurez radica en la total convicción de que todo vale.

Veo en mis padres, bastante liberales en relación a otros muchos, tantos prejuicios grabados a fuego y naturalizados que reconozco un camino en mí, trazado artesanalmente, alejado de muchos años de crianza.

En criollo: a mi modesto modo de ver, cada cual puede, tiene y debe hacer lo que se le canten los huevos mientras no lastime a un(os) otro(s).

Ah: y dios no existe.

Bueno, chicos, tengo que trabajar. MUCHO. Y estudiar. Y hacer unos informes.

Vivir es genial. Y sobre todo cuando hay sol.

Les mando besos (???).

Así las cosas.

jueves, 31 de enero de 2013

jueves, 17 de enero de 2013

el tiempo no para, chicos

Lo que para muchos contextos podría ser una ventaja, acá no lo es. O, visto desde otro lado, soy demasiado ansiosa. La cuestión de las perspectiva desde donde se miren las cosas funciona siempre.

El tema es así: pienso y hago a veces demasiado rápido. Y espero lo mismo de los demás. Es cierto que en mi hacer tal vez muchas veces la perfección se escape pero puede que busque la eficiencia por sobre todas las cosas. La vida se pasa muy rápido y hay que hacer mucho así que porfas, gente que me rodea, apúrese. ¿Es mucho pedir? Solo quiero que me contesten los mails para saber qué tengo que hacer. Y que me contesten los mails para poder avanzar. Desde arriba y desde abajo.

Ya sé: es un problema mío.

Pensé que al dejar la setralina los niveles de ansiedad iban a subir descomunalmente pero me sorprendo gratamente. El martes hice la clase de yoga entera, con la misma concentración y entrega de siempre, con ganas de que no se termine nunca.

Ahora, tal vez, vaya a la de los jueves, que no es tan genial pero igual me ayuda.

Ah, padres juntos en casa: bomba atómica.

Quiero que la vida no se termine. Quiero ser joven por siempre y tener este entusiasmo que, para mí, es bastante novedoso. Quiero hacer todo a la vez y todo bien. Y estar contenta.

Algunos factores fallan, obviamente. Pero no me voy a extender.

En fin, el deporte me llama.

Así las cosas.

jueves, 10 de enero de 2013

el desacostumbrado encanto de estar contenta

De verdad, es raro. Aunque no tanto, miento. En algún momento sentí algo semejante pero ahora hay "emoción" y para alguien como yo, que casi nada le toca el corazón, es realmente extraño.

¿Qué pasa? Cosas buenas pasan. Bastante estrés, movimiento, reacomodamiento. 

Además de trabajar todo lo que estoy trabajando, todo el día y en cualquier momento, también quiero hacer gym, estar con los chicos, leer, ver amigos, organizar el cumple de Coco que fue el lunes pero se lo festejamos el sábado. Hoy a la noche llega madre porque no se lo quería perder: adelantó su pasaje.

Estoy con pocas ganas de escribir. La cabeza no me da para mucho, llegan las 8 de la noche y solo pienso en irme a la cama, aunque estoy leyendo cosas en la compu o mandando mails. Hoy voy a tomarme un respiro. Quiero ir a yoga, a buscar unas cosas a Waldo´s, al shopping a ver si encuentro unas botas y algo de ropa de batalla y una lámpara y una alfombra porque todo está rebajado. De repente tengo un impulso consumista pero me dura muy poco y cuando estoy en el centro comercial, lo único que quiero es irme.

El 2013 es el año de la serpiente. Sé que va a ser un año intenso y lleno de cosas: lo celebro.

Seamos felices, después les cuento más. Ahora sí: feliz año.

ASÍ LAS COSAS (a poco no lo extrañaban).

sábado, 5 de enero de 2013

un mail de hace dos años que encontré por casualidad

Se lo mandé a un amigo, dentro de un intercambio más amplio. Lo copypasteo:

El orden de lo espiritual me interesa tal vez más que el de lo real pero sin tener ninguna noción de lo concreto, lo espiritual un poco, a veces, se me desdibuja. Lo real contextualiza. Es como leer la biografía del autor con el que estás obsesionado. O algo así.

El texto me pareció muy bueno, corto, conciso y terrible. Me pregunto si es depre o pesimismo o ninguna de las dos. A mí me interpela particularmente, claro, y lo único que me hace ruido -y desde antes, no por el texto- es que no soy varón. Hay una conciencia sobre mi masculinidad en un aspecto de mi vida que me sorprende,  me deprime y me es indiferente, todo a la vez. ¿Por qué será que los 33 son un punto de inflexión? Yo lo viví claramente como la entrada a la adultez real, a la madurez, algo muy interno, una sensación acabada que no me pegó para nada bien, por cierto, pero a la cual me acostumbré. La gente me mirar raro cuando digo que me siento grande. Que de repente me siento grande. Prefería la esperanza de la juventud aunque per se la juventud me parece bastante poco interesante.

Y mientras leía el texto pensé también en cómo pienso yo todo el tiempo en términos de "diversión" porque parte de lo que me preocupa es que ahora, que está pasando lo mejor, la última chance de que esto sea "divertido", yo me aburro. Y demasiadas veces pienso que la diversión y la monogamia no van de la mano, por más banal que parezca. Y a la vez, me doy cuenta de que la monogamia es un remanso, las tormentas emocionales que devienen de los enamoramientos agotan y desgastan y conllevan un nivel de energía que se le saca a otros aspectos vitales. Pero ¿entonces?

Para mí vivir en México es terriblemente aburrido por la vida que no puedo armar. Qué pavada, ¿no? Pero es tan real como superfluo.

"La belleza no perdona" es una frase demoledora. Aun hoy, en esta adultez que no busqué, sigo pensando que la belleza es un atributo con el cual me gustaría haber sido revestida.

Los hijos son una fuente de preocupación inagotable. Pero no acuerdo con vos en que las conductas o los patrones son irreversibles, ves, ahí soy optimista. Sí creo que el carácter es innato y si no todo, al menos una parte, pero me parece que hay rasgos de la personalidad que  mutan con los años. De hecho, puedo ponerme como ejemplo porque a los 4 años no me despegaba del regazo de la maestra, literalmente, no jugaba con los otros nenes, era reservada y estaba en mi mundo además de que fui bastante antipática y desagradable hasta bien entrada la adolescencia y ni hablar de mi incapacidad de luchar contra mis propias debilidades. Todo aquello que no me salía bien, simplemente lo abandonaba, el tezón no está dentro de mis virtudes y, sin embargo, mal o bien a la larga tuve una vida bastante "normal", si es que eso existe. Supongo que uno a los hijos tiene que ir acompañándolos como se pueda.

Yo estoy teniendo unos problemas parecidos con Roberta, me dice que nadie quiere jugar con ella en el recreo, que está sola, ayer no quería ir a la escuela y yo me angustio mucho. La maestra y la directora dicen por el contrario que es super lider y muy popular, el hiato entre su relato y lo que se supone que pasa, no lo entiendo. Entonces: me ocupo. Llamo a la escuela, pido que la observen en los recreos, dicen que van a hablar con la psicóloga, voy a la escuela a leer, le intento invitar amigas con bastate poco éxito. En fin, lo que puedo yo desde mi rol como para que ella se sienta integrada y, de todas maneras, parece que no alcanza.

Otros!!!! Uh, eso sí es duro pero bueno, todo el mundo sobrevive. Tengo una cantidad asombrosa de conocidos y amigos con hijos dobles, algunos de probeta y otros naturales. El origen de los hijos no tiene ninguna importancia, los hijos son hijos sea que los óvulos se fecunden adentro o afuera de la madre. El único tema es que es un plomo, supongo, muy desgastante y pesado. Pero los hijos son lo máximo y al final todo vale la pena. Estoy en una etapa de enorme afinidad con la reproducción y la familia, a ver cuánto me dura. Ojalá sea uno y si no, igual van a estar felices.

Bueno, para variar me hiper extendí. No sé si es telepatía o simple afinidad pero tus temas me interpelan. Ya sabés que no tenés ninguna obligación de contestarme, monstri.

Te mando un beso grande.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Solo por hoy

Estamos replegados sobre nosotros mismos, como familia. Y es, básicamente, porque no hay casi nadie en la ciudad, porque son días de transición entre vacaciones y vacaciones, porque las fiestas generan esta sensación de tiempo suspendido.
Los gritos, las peleas, los fastididios se suceden pero, sin embargo, el saldo siempre es positivo.
¿Qué le pasa al mundo? ¿Por qué se impone la sensación de vivir al borde del colapso? Cuando no son fenómenos naturales son revueltas sociales o tensiones políticas.
Pasamos ocho días en Buenos Aires. Por primera vez en mucho tiempo fui sin expectativas. La pasé muy bien, disfruté y volví, fluyendo en todos los momentos. Para mí eso es mucho.
Ahora los dolores me doblegan. La cama tira aunque me empeore. Estoy agotada. Pago meses sin respiro, uno tras otro. El encierro no ayuda pero la voluntad de salir y hacer deporte no existe.
El año fue malo aunque lo grave es otra cosa, es lo que pone en riesgo tu vida o la vida de alguien querido. El resto, lo que se puede solucionar, es duro pero solucionable.
En mi cabeza ya no está tatuado el formato blog. Naturalmente pienso en la vida real. De todas mnaeras, a veces lo extraño. Solo que la queja me aburrió.
Buen año para todos. En unos días me voy a la playa, unas vacaciones reales y merecidas. Los cinco juntos.
Nos vemos en el 2013.

martes, 14 de agosto de 2012

Es muy difícil perder las mañas

Así que acá tienen mi nuevo blog, por si me extrañan (!!!??): no soy yo si no bloggeo

lunes, 16 de julio de 2012

fin

Pensé que esto nunca iba a pasar. Pero acá estoy, despidiéndome. Gracias a todos por la compañía de tantos años. Cuando llegué a México no hubiera sobrevivido sin este espacio. Esa era terminó, ahora estoy en otra etapa. Por ahora una etapa muy triste pero este ya no es el espacio para explayarme. Tampoco pensé que algún día se me irían las ganas de escribir. Pero así es.

Por eso esto llegó a su fin. Lo voy a dejar abierto como el testimonio de una época. Una época larga. Siete años y medio es mucho tiempo. Muchas, demasiadas cosas en una vida.

Por ahí algún día abro otro blog aunque ahora parezca imposible.

En fin.

ASÍ LAS COSAS.

Bye.

lunes, 25 de junio de 2012

el soliloquio del enojo

A veces, de tanto en tanto, ciertas cosas que me dicen me quedan repiqueteando en la cabeza y argumento, a favor o en contra, mentalmente durante días.

Hubo un tiempo en el que venía acá a contar lo que hacía. Qué increíble me resulta ahora.

Volviendo a lo anterior, el viernes pensé que tendría que hacer una suerte de historia desde que empecé el blog y con eso tal vez cerrarlo. Una cronología, para ser más exacta. El problema es que no tengo fuerzas. Lo mínimo me resulta agotador. Aunque bueno, no podría decir que el viernes fue un día tranquilo. Fui temprano a una junta en San Angel, a las 9am ya estaba allá (es del otro lado de la ciudad), después trabajé intensamente en mi estudio, llovió, vino Lisa con todos sus hijos y a las 7pm vino una camioneta a buscarme para ir al show de Fey. Era en Huixquilucan, arriba de las montañas, llovía a mares, hacía un frío imposible, no cené, tomé 3 cafés, estuve atrás de marido las mil horas que duró el show mientras lo dirigía y me acosté tarde y aterida. El sábado tuvimos comunió así que a las 10.30am estábamos en la iglesia. Después dejamos a los chicos y fuimos a comprar el regalo, no había podido ir antes. Además pasamos por el super y en un local me compré unos lindos lentes de sol. Después del ágape nos tiramos con marido a dormir la siesta y rompimos la cama. Nos levantamos solo para ir a la cena en lo de los P. Hace mucho que no salía de noche con los chicos y no es un buen plan, para nada. Se durmieron los 3 después de romper un cacho.

Volvimos bajo la lluvia, agotados.

Ayer fuimos a un asado en el que los chicos la pasaron mega ultra genial. Estaba lleno de pibitos de todas las edades y jugaron sin parar. Ninguno de los 3 se me acercó en toda la tarde a decirme nada. Un milagro. Eso sí: padecí de un dolor infame todo el finde.

Hoy no podía levantarme a pesar de que ayer me metí en la cama a las 8pm. Ahora, después de haber trabajado bastante intensamente desde antes de las 9am, voy a llevar a los grandes a tenis y voy a intentar descansar un rato.

Volví a la dieta estricta. El café y las harinas creo que me destruyen. Nada me es más ajeno que el dolor y la enfermedad. Hay gente que encuentra un goce. No es mi caso. En lo más mínimo.

Quiero sentirme biennnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn.

Ah, el jueves que viene me voy a París.
Así las cosas.

miércoles, 13 de junio de 2012

desde Amex, una vez más, como si el tiempo no pasara

Los dedos me duelen, se me cansa la muñeca, creo que escribo lo mínimo indispensable. Otra vez sopa.

Estoy en el lounge de American Express, gracias a la extensión de la tarjeta de padres que solo uso para estas ocasiones. Hay un ruido infernal, hacen trabajos de reparación de vaya uno a saber qué afuera y no hay la paz que quisiera. Además, unos abuelos con una nieta adolescente se sentaron en mi pequeño livingcito. Pareciera como si los abuelos fueran de origen latino, ella habla un poco mejor en castellano que él, que me preguntó si tenía que dejar propina y la mandíbula parecía rechinarle por la falta de fluidez. La señora, en cambio, le habló con bastante soltura a la camarera pero habla un inglés nativo. La nieta se ve que tomó alguna clase en la escuela pero ni siquiera entendió que le estaban preguntando qué quería tomar. No suela tu iphone o ipod touch.

Por mi parte, escribo en la nueva compu que me regaló marido. No pesa y es un avión de rápida. Comí zanahoria, pepinos y jícamas, unas papitas fritas (se supone que no debo frito para mi dieta pero BUEH) y un cacho de atún (que se supone que tampoco puedo).

Fui a lo de un médico biológico que me dio DIEZ remedios homeopáticos para tomar 3 veces al día y la realidad es que aguanté solo dos tomas. Su gusto asqueroso y mi falta de fe me hicieron desistir. Pero, la dieta que me dio (que incluye papa, batata, zanahoria, betabel y elote, cosa que otras no) la sigo al pie de la letra. Es decir, dejé lácteos, harinas, todo tipo de cosa dulce (ningún edulcorante siquiera), ni té ni café ni carne de vaca ni frutas ni nada que puedas pensar que te da felicidad (excepto lo que puse antes y el aguacate).

No, no me siento ni un poco mejor.

(qué calor hace acá adentro, delirante)

Ayer parecía que mi ausencia iba a ser un drama familiar. Camilo lloraba al ritmo de "mami, no te vayas", con mocos y agarrándome fuerte, Coco y Tita tuvieron dos noches anteriores muy malas y nada inccaba que fuera a haber paz con mi partida. Por suerte no fue así. A Milo le compré un huevito Kinder, tal y como me pidió y me mandaba besos con la mano cuando me fui en la camioneta (como otro buen augurio, Lu pudo mandarme a Mau para que me trajera). Coco no fue a la escuela pero se fue con marido a la oficina, quien lo dejó en casa para que se fuera a tenis con su hermana. Cuando está Lupita todo fluye mejor. Y creo que entendieron que tienen que ponerle buena voluntad. O eso espero.

Bueno, me duele demasiado la mano. Dejé el trabajo para el avión, cuando ya no tenga internet (qué delirio que no haya conexión en los aviones, no tiene ningún sentido).

Ya armé bastante la agenda. Pero de solo pensar en andar de acá para allá me canso. Quiero volver a ser yo, que me inyecten energía.

Marido me ama y yo a él. De eso gusto.

En fin, chicos.
Así las cosas.

martes, 12 de junio de 2012

no es que no tenga nada para decir

Es que no tengo energía. Y a veces tampoco tiempo. Pero mayormente energía. Mañana me voy a Bs As, mi avión sale temprano y tengo muchas cosas que hacer. Mucho trabajo que se acumula.
En fin.
Así las cosas, chicos.
Sin más.

viernes, 1 de junio de 2012

llueve por fin

Está gris. Muy gris. Y hubo relámpagos. Justo hoy Lupita regó el pasto. El agua es vida aunque deprima.

Casi no me levanté de la cama en los últimos cinco días. La fibromialgia es una enfermedad/condición (no sé cómo definirla) demasiado cruel. El dolor paraliza. Lloro.

De todas maneras, intento hacer vida lo más normal posible. Un día hasta me subí a una máquina 3 minutos pero me bajé.

Ahora, mientras marido está en Guadalajara, el agua cae copiosa detrás del vidrio y alimenta los ríos y riega las plantas para que verdeen, pienso en que un día me voy a morir y que lo único que no quiero es sentir que la dejé pasar. Posiblemente lo sienta, lo sé. Desde siempre que tengo la sensación de hacer mucho menos de lo que debería y esa convicción no es gratuita ni inocente, permea y tiene consecuencias. También me ataca la famosa culpa de clase, como ráfagas, y mientras un día pienso que quiero ser lo suficientemente rica para no tener que pensar nunca más en dinero, otras un escozor me recorre el cuerpo, no sólo por la injusticia mundial, el hambre, la falta de educación, la explotación infantil, el tráfico de personas y de mujeres en particular, la esclavitud sexual y todos los etcéteras conocidos e imaginables, mi propia parálisis (no sólo corporal sino la simbólica) me avergüenza y escandaliza. Aunque no haga nada para cambiarlo.

Supongo que todos somos pendulares. El consuelo es pensar que en algún momento podré hacer otra cosa, que este momento es de preocupación familiar pero que el mundo va a interpelarme no solo desde lo discursivo en un tiempo no tan extenso. ¿Será verdad? Quién sabe. Por ahora lucho contra mi propio cuerpo con éxito de relativo a nulo, como en casi todas mis batallas.

El mundo sigue girando, la miseria sigue existiendo, la mayor parte de la gente hace lo mismo que yo: sentir ráfagas de culpa sin accionar, con o sin conciencia de que así no ganamos nada.

¿A qué venía todo esto? Quién sabe otra vez. A que temo morirme sintiendo que me aburrí, que no hice nada ni por mí ni por el mundo. La finitud, por estos días, es un tema recurrente. Debe ser el miedo que me da vivir en este mundo tan tumultuoso. Es cierto, el mundo siempre lo fue pero en mi adolescencia, los "dorados" noventa, hubo un cierto aura falaz de tranquilidad universal (ya sé que hubo guerras y debacles de toda índole pero no tan desastrosos como en otras épocas).

Tengo que buscar a Simón en casa de un amigo. Bajo la lluvia.

A veces estoy tan bien, estoy tan down.
Así las cosas.