miércoles, 7 de diciembre de 2011

¿y?

La verdad es que estos días de silencio repunté, la vida tomó otro color, pasaron muchas cosas buenas, estoy alegre, contenta, pilas...

Nah, mentira.

Ayer les decía a Xime y a MP que si antes me sentía lechuguita ahora me convertí en el humus en el que crece el vegetal. Al fondo del pozo, a la vuelta, si le ponés voluntad podrás encontrarme. No es grave. Es como un alivio también. Ya no espero nada de mí ni de la vida. Ok: es esto. Ni trascendencia, ni diversión, ni cosas importantes. Esto. El lento transcurrir de una existencia cualquiera. Banal. Vacía. Como cualquier otra. ¿Por qué habría de ser de otra forma? La gran revelación es que no hay ningún motivo por el cual las cosas fueran a ser distintas. Ni talento, ni una garra feroz, ni un golpe de suerte. Perdí el mojo. No en la vida, en la cual posiblemente nunca lo haya tenido, sino para mí misma. Al final, lo único importante. No me caliento.

Antes de dormirme pensé algo en relación al plano simbólico, una estupidez porque en definitiva es el único que cuenta. Ayer Vir dijo algo así como "tenés que ver cómo opera tu deseo" y yo le contesté que ya no tengo deseo. Y sobame el lacanismo. También le dije que a veces una quiere que le digan que es linda e inteligente. Marido a veces lo hace pero a fuerza de iterar, los conceptos pierden sentido.

Por otro lado, marido gruñe. Encantada te explicaría el porqué si lo supiera. El fin de año, por más convención que sea, acarrea sentimientos adversos.

Detesto la Navidad, los regalos, viajar, me estreso mucho. Ir a Bs As de visita con mis hijos es realmente desalentador. Necesito que pase algo que me borre de pronto. Y sabemos que no va a suceder. Todo lo que parecía bueno en agosto ahora fue una estela de ilusión.

Ah y también el sincericidio sobre la maternidad y la ineptitud. Ni querés saber.

De todos modos, entre tanta grisura, hay un resquicio de humanidad. A veces siento que Camilo vino a darme una lección. Posta. No quiero ser cursi me da vahídos. Pero el pibito me permite ser alguien mejor. Una madre mejor, digamos, si es que eso es posible.

Cuando nacieron mis dos hijos mayores yo no tenía madres de mi edad alrededor. Era sola. Entonces, básicamente, crié a Coco con los preceptos que yo creía que habían usado conmigo o que había escuchado en algún lado. Bah, ya ni sé. Pero era un general. Sin mala onda, eh. Un milico natural. El pibito estaba en el huevo, no a upa. Y ahí se quedaba. Y un poco había que dejarlo llorar. Y ni a ganchos nunca jamás podía pasarse a nuestra cama. NEVER. Y después se tenía que dormir sí o sí en su cama. Pasara lo que pasase. Y también hacer la siesta. Se me iba la vida en llevar a cabo todos estos preceptos inamovibles. La rutina era ordenada pero compleja porque no había lugar para lo inesperado, lo que básicamente me hacía sufrir porque yo quería un robot y tenía un hijo. Luchaba para que durmiera, nunca comía nada fuera de lo que debía, se bañaba a la misma hora. Etcétera, etcétera. Y nadie me contradecía tampoco, eh. Marido era peor que yo.

Con Tita nos ablandamos levemente. Solo lo mínimo indispensable para sobrevivir a la coyuntura de tener dos pibitos en un país desconocido, sin amigos ni familia.

Y acá estamos con Milo, sabiendo que nada importa. El pibito se duerme donde quiere, cuando quiere. No lo perseguimos ni lo volvemos a poner en la cama como hacíamos con el primero. Bueno, jamás lo acostamos en su cama, de hecho, ni lo intentamos. Claro que yo lo único que quería con Simi es que se durmiera para poder sentirme un rato yo misma de nuevo, a los 24, 25, 26 años te pasa eso. Ahora me asumí como madre, me gusta que mis hijos estén conmigo y sé que algún día el pibito se va a ir a dormir solo a su cama porque no va a querer dormir más en el sillón ni va a pedir lechita a los gritos ni tampoco va a hablar de esta forma tan graciosa y adorable en la que lo hace. Y la ternura que me provoca por momentos me hace sentir otra persona. También es cierto que sé lo rápido que pasa todo y que es el último y todas las mamadas que uno escucha y piensa "qué mina pelotuda" pero al final, como todas la perogrulladas, tienen la fuerza de la "verdad".

Nunca mejor aplicado el mejor tarde que nunca.

No, con los otros sigo siendo estricta, sí. Pero también tienen otra edad y hay que hacer la tarea, bañarse, lavarse los dientes y esas cosas. De todas maneras, estoy más blanda.

Y de todas maneras, todos los días en algún momento  me pregunto por qué los humanos insistimos con eso de que los hijos son lo mejor que te pasa en la vida.

En fin, chicos.
Así las cosas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hermoso post. Mb

Cintia dijo...

Mi concubino tuvo una hija a los 23 y no le pegó por poner límites sino más bien lo contrario. Dejó de lado muchas cuestiones personales, que supongo que le pegan más por ser hombre. Y encima estaba en la lona económicamente. Ahora su hija tiene 6, él está haciendo muchas cosas que quería hacer en términos personales y no quiere tener hijos conmigo (hace 5 que estamos juntos). Y yo siento un dolor tan grande, lo quiero tanto y no sé si tiene sentido esperarlo, si alguna vez va a poder pensar una paternidad distinta, más feliz que la que vivió y vive. Y como es más fácil hablarlo con desconocidos lo escribo en tu blog y me siento una gran pelotuda al hacerlo. En fin... lindo tu post.